miércoles, 22 de abril de 2009

La jovencita rubia

Resultó que mi primer día como estudiante del entorno y poco antes de salir de la oficina el teléfono decidió olvidar su prolongado silencio consiguiendo que volviese sobre mis pasos, creo que algo asustada por lo repentino del asunto (sí, sin duda creo que hubiese sido mejor idea proporcionar directamente mi dirección, siempre me ha encantado el cara a cara con el cliente y me ahorraría tantos sobresaltos) me situé frente al aparato parándome a pensar... ¿y ahora qué?, ¿debo decir mi nombre al descolgar o simplemente contesto?, ¿y si el trabajo es demasiado difícil?... Mi cuerpo parecía un flan de los tiritones que me recorrían.

Descolgué:
- ¡ESPÍA!

En absoluto como me lo había imaginado, mi voz aguda semejante a la de una ardilla (haceros una idea, Chip y Chop por ejemplo), un alarido que puede que fuese escuchado en provincias colindantes a la mia, y eso puede que no fuese lo peor de todo...

- ¿Espía?, ¿qué dice?... Llamo para encargar una pizza para la calle Los Rosales...
- No, perdone, está usted llamando a una importante oficina de espías (que más da uno que ochenta), y claro está que no preparamos pizzas de ningún tipo.
- Ah, vaya, lo siento, perdone entonces.
- No se preocupe, pero... ¿no estaría usted interesada en contratar alguno de nuestros servicios? (señores, en estos tiempos que corren hay que aprovechar las buenas ocasiones, y está claro que ésta lo era).
- ¿Espiar?, ¿a quién?, perdone señorita pero soy una mujer de 70 años, casada con un hombre de 85, sin hijos y sin familia cercana que pasa la mayor parte de su tiempo en casa, ¿qué querría usted espiar?...
- Algún problemilla debe de tener usted escondido, con su marido por ejemplo, el tiempo que pasa fuera de casa... ¿y si le está engañando con otra mujer? puede que con una jovencita rubia que haya conocido en cualquier bar y usted sin saberlo, ¡pobre inocente!
- Querida, mi esposo lleva 8 años sobre la cama a causa de un derrame cerebral, con lo cual dudo mucho que pudiese salir de casa y mucho menos para ligar con una joven rubia como usted dice.

Hacía falta rapidez mental, aquella mujer sí que era buena en el análisis de la argumentación, de hecho hasta llegué a pensar que podía ser un espía del Gobierno que quería interponerse en mi nuevo trabajo.

- ¡Ah! pero... ¿y si fuese la rubia la que se acercase a su casa?

Creo que aquella pobre mujer había llegado a la misma conclusión que yo pues colgó el teléfono sin mediar ninguna palabra más, qué infortunio, tan mayor, con un marido enfermo y encima una rubia usurpándole lo poco que le queda de amor en el mundo... hay gente que no tiene corazón.

E intenté olvidar el tema, en este cometido ante todo hay que ser profesional y no dejarse llevar por los sentimientos, tomé mi gabardina negra acharolada y me eché a la calle bajo un Sol de 40º a la sombra, lo que digo, ante todo profesionalidad.

martes, 21 de abril de 2009

Con lupa y pipa

Y es que hasta los más tradicionales espías deben modernizarse en los tiempos que corren, que luego nos pilla el toro y llegan los llantos, más con razón que sin ella. Tras vagar un par de horas por esta oscura ciudad imaginando un futuro pleno de éxitos caigo en la realidad de un día a día sin pena ni gloria, vacío e insignificante.
Y es que ¿quién precisa hoy en día la ayuda de un espía?, nadie, de éso da fe una servidora harta ya de situarse cada jornada frente al teléfono esperando una llamada que jamás llega.
Al principio culpaba de mi derrota a la falta de publicidad, era evidente, una espía no podía venderse, ¿qué tipo de ser secreto sería si todo el mundo me reconociese?, demasiado complicado. Ni puerta de cristal cromado con mis iniciales ni un anuncio en la prensa ofreciendo mis servicios, era indudable, el inconveniente se encontraba en que quizás ni una sola persona de mi entorno conocía mi negocio. Solucioné el tema en cuestión mediante unos pequeños membretes que enunciaban lo siguiente:
"Se ofrecen trabajos de espionaje.
Bajo coste.
Tlf: *** *** *** "
Yo misma me aseguré de que dichas tarjetas llegaban al público, ataviada con una preciosa gabardina negra acharolada y un gorro que cubría gran parte de mi cara recorrí los mejores barrios de la ciudad obsequiando a los viandantes con aquella valiosa información. Debo reconocer que a más de uno asusté con mi presencia, e incluso alguno que otro consideró excesivamente absurdo tanto mi atuendo como el escrito de las tarjetas; definitivamente la sociedad no está preparada para el futuro...
Aun a todo ésto y tras pasarme un par de días expectante en mi oficina, si así se le puede denominar a una vieja mesa de madera situada en una buhardilla, el teléfono continuaba en su habitual silencio, no llegaba a comprenderlo, claramente el problema no se debía situar en el tema publicitario, ¿cuál era entonces?.
Mi deber era estudiar detenidamente mi pequeña empresa, realizar una especie de "junta de dirección", es decir, que debía pensar. Y así lo hice hasta que pasados los días encontré el centro del dilema: la sociedad de hoy en día no tiene problemas sin resolver. ¿Mi misión? Creárselos. Conseguir que poco a poco la gente sienta la necesidad de contratar mis servicios, no a todo el mundo evidentemente, sólo a un par de afortunados anónimos que posteriormente difundieran mi buen hacer.
Y así, en ello me encuentro, analizando individuos hasta tomar una decisión acertada y comenzar mi trabajo. A día de hoy ya he tomado una docena de fotografías a posibles seleccionados y me he sorprendido de mis artes en este mundillo, por ahora en tan sólo tres ocasiones he sido perseguida tras ser descubierta en mi faena, repito, presumimos de actuales pero la multitud no está preparada...
Con lo que a partir de este día proseguiré con mi información online, que si bien puede ser tomada como un diario de travesía no dejo cerradas las puertas a quien precise mi ayuda... dicho queda.